sábado, 15 de septiembre de 2012

ANJIKUNI LAKE: LA INEXPLICABLE DESAPARICIÓN DE UN PUEBLO COMPLETO

Una de las más famosas leyendas del mundo de desapariciones misteriosas, y seguramente la más célebre de América del Norte, es la que relata la literal e inexplicable evaporación sin dejar rastro alguno de los habitantes de una colonia de pescadores esquimales, situada a orillas del Lago Anjikuni, afluente del río Dazan, una región especialmente rica en pesca de lucio y trucha de lago, en la remota región de Kivalliq de Nunavut, Canadá. 
El punto central de esta historia se sitúa en pleno Ártico, en el paralelo 70, un espacio helado remoto, proclive a la leyenda, la “tierra de los dioses” que siempre observan, asomándose desde sus gélidas moradas en un desierto de hielo sin fin. 
Como ocurre con toda la historia humana, ancestrales historias reales reciben inevitables deformaciones y falaces asociaciones, y el testamento de civilizaciones de tiempos ancestrales que ha sido cubierto por las aguas, las selvas y los hielos en cada parte del planeta debido a eventos de extinción naturales y/o provocados, originan en el pensamiento mágico del embrutecido humano que lo precede, la convicción del origen divino de quienes dominaban científicamente la materia antes que ellos de tal incomprensible e inalcanzable forma, que no podían jamás en sus mentes ser considerados sus semejantes ( de la misma manera que si hoy, un muy humano piloto de un caza supersónico aterrizara en la Edad Media ). 
Así también crecen las leyendas sobre que el sabio legado de aquellos dioses a generaciones fue colocado de ex profeso en lugares poco accesibles para evitar que caigan en manos inadecuadas, todos pensamientos sin mayor asidero si se tiene en cuenta que a quien menos le cuesta llegar a zonas inhóspitas es a quien más recursos posee, es decir, al poder dominante, el peor destinatario posible.
Así como el “Libro de los Muertos” egipcio se interpretó contundentemente como un volumen dedicado al más allá, cuando también podría haberse referido simplemente al “libro de los que murieron”, es decir, de quienes perecieron en el anterior evento de extinción, el área ártica está llena de inexactas interpretaciones convertidas en leyendas de espíritus malignos y animales de madera, ( como el Wendigo, ver foto arriba ), que ejercen la fascinación del arquetipo que subyace en el inconsciente colectivo de la especie, y el terror que delata la ignorancia, mezclado con formidables deformaciones e inexactitudes propias de las exóticas transmisiones boca a boca. 
Que esta historia del pueblo tragado por la nada contiene datos de origen similar, no nos cabe la menor duda, de la misma manera que también estamos seguros de que no se trata de un simple ejercicio de la imaginación sin base real alguna, porque si algo hemos aprendido es que para poder interpretar todo los que nos viene desde el pasado es necesario mantener distancias temporales y emocionales, pero estando permanentementee atentos para poder descubrir el cadáver de lo imprevisto, incluyendo las rarezas entre nuestras expectativas, máxime si reconocemos que nuestra propia historia conocida es opaca, y sólo muestra lo que aparece pero nó el guión que le dió origen, creándonos sólo la ilusión de que la comprendemos. 
La cronología de esta historia comienza en una gélida noche ártica en noviembre de 1930. Un trampero canadiense de nombre Joe Labelle buscaba un respiro del intenso frío cuando notó que estaba cerca de un pueblo Inuit ( un grupo étnico esquimal ) que ya había visitado previamente y que recordaba lleno de gente animada y amable, y se dirigió hacia allí con paso firme, pero cuando llegó a las ásperas cabañas talladas y gritó un saludo, sólo recibió el eco de su propia voz. 
No le llegó ni el ladrido de los bulliciosos perros de trineo, ni los murmullos y risas típicas que sus habitantes solían crear. Entonces se percató de algo que le puso los pelos de punta: no salía humo de ninguna de las chimeneas. 
Vió un crepitante fuego en la distancia que le devolvió momentáneamente la calma, pero al acercarse a las brasas, sólo encontró un guiso quemado que había sido desconcertantemente dejado encima del fuego. 
El veterano cazador, a quien probablemente era muy difícil asustar, se sintió bañado en un sudor frío cuando al comenzar a investigar en el corazón de aquel pueblo fantasma, notó que todo estaba igual bajo la luz de la luna: trineos, armas de caza, aparejos de pesca, kayaks, árboles, vegetación, alimentos guardados en las despensas en el interior de los hogares, incluso en algunos de ellos las mesas puestas y los alimentos a medio comer ganados por el moho. 
Pero no había ningún habitante: todos habían desaparecido sin razón y sin dejar ni la más mínima huella de un éxodo masivo ante la exhaustiva mirada del experto cazador. 
En una vivienda encontró un abrigo de piel de foca a medio coser con la aguja de hueso todavía incrustada en él, y en el almacén de pescado vió que los suministros no estaban agotados. 
En ninguna parte halló signos de lucha y descartó la posibilidad de que se hubieran ido a través del lago al encontrar todos sus kayaks perfectamente amarrados en la orilla. 
Finalmente, el asustado pero curioso vendedor de pieles, encontró cadáveres. 
Pero no eran humanos: se trataba de los perros que le resultaban imprescindibles a los esquimales para mover sus trineos: todos habían muerto de hambre, atados en sus perreras. 
Una comunidad jamás abandona su hábitat sin fusiles, perros, comida o parkas, pensó Labelle, y entonces tuvo la idea de dirigirse al cementerio, donde lo que vió lo hizo abandonar inmediatamente el pueblo, aún a costa de renunciar a la comodidad de la comida, el calor y el refugio: todas las tumbas habían sido abiertas, y los cadáveres robados, cuando la fuerza necesaria para mover las piedras debía haber sido, sin lugar a dudas, descomunal y definitivamente sobrehumana, además del hecho de que en el sistema de creencias Inuit, profanar una tumba estaba considerado un tabú. 
Aterrorizado, Labelle avanzó a través de la nieve hasta llegar a una oficina de telégrafos ubicada a varios kilómetros de distancia del poblado y desde allí envió un mensaje de emergencia al destacamento más cercano de la Policía Montada Canadiense (RCMP). 
En su camino hacia el lago Anjikuni , la RCMP, que había tenido que esperar varios días antes de partir a investigar la denuncia, se detuvo a descansar en la choza de un trampero de nombre Armand Laurent que vivía con sus dos hijos. 
Los funcionarios explicaron a sus anfitriones las razones por las cuales se dirigían a Anjikuni y les preguntaron si no habían visto algo inusual durante los últimos días, y, para sorpresa de los uniformados, el cazador les dijo que sí, que efectivamente, al encontrarse a unas decenas de kilómetros del poblado, en el extremo norte de la Bahía de Hudson, en un descanso de su labor, vió atravesar el cielo a toda velocidad un enorme objeto cilíndrico centelleante que parecía cambiar constantemente de forma ante sus ojos, en dirección al lago Anjikuni. 
Una vez que hubo arribado al lugar de los hechos, la Policía Montada confirmó el testimonio de Labelle, aunque algunas versiones dieron cuenta de que en el cementerio sólo encontraron una tumba abierta y vaciada, y otras agregaron que la tierra extraída alrededor de la tumba estaba tan congelada como una roca. 
Además, los funcionarios reportaron haber visto extrañas luces azuladas sobrevolando el pueblo que no se parecían a las de la aurora boreal. 
La policía organizó entonces una búsqueda masiva que no encontró ni la más mínima pista sobre el paradero de los aldeanos. 
Las poblaciones vecinas, que se encontraban a menos de un centenar de kilómetros, no tenían noticia alguna de la desaparición y ningún miembro del poblado había acudido allí. 
Después de dos semanas de investigación, la Policía Montada – basada en el dudoso hallazgo de algunas bayas que encontraron en una de las ollas, llegó a la conclusión de que los aldeanos habían abandonado el poblado dos meses antes de la llegada de Labelle ( ¿entonces quién había encendido el fuego que Labell vió cuando llegó a la aldea? ). 
La historia fue publicada en tres periódicos canadienses en noviembre de 1930: primero en "Le Pas Manitoba " y "Bee Danville" y unos días después en el más sensacionalista, el "Halifax Herald", que incluía un impactante reportaje a Labelle. 
Luego la agencia de noticias Newspaper Association se encargó de difundir por toda América del Norte el evento, promocionado como el más grande misterio sin resolver investigado por la Policía Montada. 
El caso fue reaflotado en 1959 por el periodista, Ufólogo y escritor Frank Edwards al incluírlo en su libro “Más Extraño Que La Ciencia”. 
Aquí se reavivaron las controversias, cuando la Policía Montada desmintió rotundamente lo escrito por Edwards, acusándolo de inventar toda la historia y negando, a través de su propia página web, que tal evento se haya producido nunca. 
“No hay evidencia para apoyar esa historia. Un pueblo con una población tan grande ( Edwards había reportado falazmente más de 1.000 habitantes ) no habría podido existir en un área tan remota de los Territorios del Noroeste (62 grados de latitud norte y 100 grados oeste, a unos 100 km al oeste de Point esquimal). 
Por otra parte, la Policía Montada que patrullaba la zona no registró eventos adversos de ningún tipo y tampoco lo hicieron los cazadores locales o misioneros. " se aseguraba en la web de la Montada. 
La postura resultó un tanto despectiva, por no decir simplemente incorrecta, ya que si bien es cierto que el número de pobladores denunciado por Edwards habría sido exagerado para la escasez de pesca de la zona ( lo lógico es que el poblado haya tenido unos 30 habitantes, lo cual habría sido perfectamente congruente con la cantidad de perros encontrados muertos: siete ) , el mismo año que se produjo el inexplicable evento tres periódicos locales dieron cuenta del hecho, por lo cual no hay manera de que Edwards haya inventado la historia, y también está documentada en ellos la intervención de la Policía Montada, quien en esa época no desmintió haber tomado cartas en el asunto. 
 La reacción de la RCMP ante el libro de Edwards, escrito 29 años después, fue un claro y previsible intento de distanciarse fríamente de un caso enigmático en el cual no le interesaba estar envuelta, como no le interesaría a ningún cuerpo policial del mundo, ante la prespectiva de tener que volver a dedicar tiempo y recursos limitados a reabrir un “cold case” en un esfuerzo que sabían inútil por anticipado. 
Ahora bien: tomando una postura equidistante, siendo tendenciosamente semiescépticos, una pregunta subyace enterrada bajo la nieve: ¿Qué pudo haber ocurrido?¿Qué clase de fuerza intervino en este evento?. 
No había huellas, no había signos de lucha, no había sangre, no había signos de preparativos para un éxodo. 
Muchos especularon que los habitantes de este remoto pueblo podrían haber sido víctimas de una de las abducciones alienígenas en masa más grandes de la historia. 
Esta hipótesis se basa en gran parte en el testimonio de la observación hecha por los Laurents de la enorme forma cilíndrica, como así también en las extrañas luces azules reportadas por la Policía Montada vistas por encima del pueblo. 
Todo es evidencia circunstancial ( en el mejor de los casos ), y la idea se vuelve intrigante y pesadillesca, si uno quiere imaginarse una flota de OVNIs raptando toda una población, pero explicaría la desaparición repentina y sin rastros. 
Sin embargo, el avistamiento de los Laurents también lleva a especular sobre la hipotética caída de un meteorito y que éste haya provocado un estado de locura colectiva que haya originado un extravagante e irracional éxodo ( por extraño que pueda sonar, la locura colectiva en pequeñas poblaciones está profusamente documentada a lo largo de la historia ), aunque en este caso, tarde o temprano, habría aparecido algún “perdido”, vivo o muerto, en alguna localidad cercana. 
Otra puerta más audaz que queda abierta es la del salto a otra dimensión, que podría haberse llevado a todos los pobladores a un mundo alternativo sin dejar huellas.
Al respecto, cabe acotar que en esas latitudes fenómenos extraños e inexplicables ocurren casi con habitualidad, como podrá apreciarse en el video al pié.
Y si se descartan los aliens, los meteoritos y las puertas dimensionales, entonces sólo queda hacer frente a las propias creencias de los inuit: un ataque de Torngasak, una poderosa deidad invisible para los mortales, líder de una legión de espíritus malévolos que bien podría haberse llevado a todo el poblado de una sola tacada. 
Una historia controversial, llena de acontecimientos distorsionados y exagerados durante décadas, perfilando una mezcla entre realidad y ficción y, sin embargo, no  demasiado diferente de cualquier otra, si se bucea en las profundidades de cada una.
NOTA: NO EXISTE MATERIAL GRÁFICO DISPONIBLE DE ESTE EVENTO. TODAS LAS IMÁGENES UTILIZADAS SON A EFECTOS ILUSTRATIVOS.

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